Aina Sust Penas
Y, es que él y yo, éramos dos personas completamente diferentes. Él era verano, yo invierno. El me provocaba ardor y eso me hacía sentir bien. Deseaba su vida la cual yo había calificado de perfecta, ya que sentía que la mía era una mierda. No me sentía a la altura. No me sentía merecedora. No me sentía aceptada. Y yo quería desesperadamente convertirme en esa persona especial para él. Quería ocupar el mismo sitio que él ocupaba en mi vida. Quería el sitio que me merecía. Quería estar a la altura. Pero no sabía cómo hacerlo. Estaba tan desesperada por encajar que me compré unos tacones con la necesidad de encontrarme al mismo nivel que sus personas especiales, y a su vez, al mismo estadio que él ocupaba en mi vida. La altura no me hizo encajar, pero sí que me dio perspectiva; y así, adquirí un nuevo punto de vista. La realidad es que él no vivía en un eterno verano como yo pensaba, ni yo viviría un interminable invierno como durante mucho tiempo creí.
Y poco a poco, me he ido reconstruyendo. He ido creciendo, acumulando conocimientos y experiencias, siendo cada día un poco más sabia. Me he ido queriendo a mi misma. Otra vez he colocado en su lugar una por una las piezas del castillo que una vez se derrumbó y yo lo permití. Una persona que nunca se ha sentido aceptada, se conforma con cualquier cosa. Se conforma con el rechazo porque nunca ha aprendido lo que es la aceptación, y por lo tanto, cambia cosas de ella misma creyendo que ella es el problema. No sabe irse. No conoce mejor. No sabe que un lugar la espera a ella. No sabe que algún día va a encajar y la van a querer por quién es. No sabe que le darán la mano y caminarán con ella.
Ese día me encontraba de espaldas a la pared, con la cabeza entre mis manos, llorando desconsolada. Mi vida no tenía sentido. No iba a ningún lado. Todo a mi alrededor avanzaba, se transformaba y progresaba, como un buque que ve tierra y llega a puerto, pero la mía permanecía estancada, a la deriva, sin un paraje al que anclar. Y no me sentía feliz. Y entre lágrimas, la ví. Delante mío, acompañándome. Era yo, la de unos años, un poco más mayor y más sabia. Sublima. Con estrellas en los ojos y brillando con luz propia. Con un aura dorada y una energía pura. Me dió las manos, y me levantó del suelo. Y, mientras me limpiaba las lágrimas, me miró a los ojos y me dijo que estaríamos bien [...]. Me hizo entender que la vida no termina aquí, y que tampoco terminó esa noche de agosto. Ya no me sentía sola. Me tengo a mi misma, y eso es suficiente. Cada día me siento acompañada por versiones superiores de mi misma, y esa niña dulce pero triste, está acompañada por mí. No estoy sola. Yo soy la niña que canta canciones en el coche a pleno pulmón como si el tiempo se parara y nada más existiera. La que no sabe bailar pero baila en su habitación cuando nadie la ve. La que se ríe sin parar durante horas por culpa de un chiste sin sentido. La que se atreve con todo. Porque yo sola soy suficiente. Soy el sol que brilla con fuerza en verano y la luna llena que ilumina las calles en la oscuridad de la noche. Soy cada uno de los copos de nieve que caen en invierno, y las auroras boreales que iluminan el cielo lúgubre en medio de una noche interminable. Soy las olas que rompen con fuerza en las rocas y se cuelan por sus grietas. Y también soy la lluvia de estrellas en una noche de verano. Porque sola soy suficiente. Y todo el mundo debería sentirse así al menos, una vez en la vida.

Aina Sust Penas
Aina es una antropóloga originaria de Barcelona, actualmente cursando un máster.
Apasionada por las historias de amor, siente una profunda fascinación por cómo el amor, en todas sus formas, tiene la capacidad de moldear a cada individuo de manera única. Su interés en este tema la ha llevado a embarcarse en la escritura de una novela en la que explora sus propias experiencias amorosas.
Para Aina, la escritura es un refugio, una terapia, y la forma más pura de expresión. Es una firme creyente de que el amor, en cualquiera de sus manifestaciones, existe y es real.
