Un amor fugaz
Maddi Zamalloa Igoa
I.- LA PLANTITA
Soy débil, sé que hay una gran probabilidad de que caiga.
Pero tengo que encontrar fuerzas en algún lugar recóndito para agarrar el tallo de esa pequeña planta que se agarra con sus pequeñas raíces a esa tierra suelta del acantilado.
El acantilado es muy grande.
Lo veo y lo reconozco porque alguna vez he caído.
Desde aquí arriba, veo los cráteres que he ido dejando todas las veces que he caído.
Sólo con verlos me duele, pero veo que algunos con el tiempo se han ido desvaneciendo.
No hace falta repasar cada relieve, será bonito cuando todo sea un prado llano y verde.
Por favor no arranques la plantita.
Se que tienes mucha fuerza y me lo quieres demostrar,
pero no lo hagas.
Se que tú crees que tendrás la habilidad y destreza para soltarme y cogerme al vuelo antes de que llegue al suelo.
Pero no lo intentes, lo tuyo es más la fuerza.
Por favor, deja la plantita en paz.
II.- EL MURO
Quiero intentarlo de verdad, te lo juro.
Quiero hacerlo.
Quiero sentirlo.
Pero hay un muro que me lo impide.
No puedo trepar.
No puedo ver lo que hay detrás.
Tú solo intentas derribarlo.
A veces eres sigiloso y utilizas un químico especial, que hará que el cemento que une cada ladrillo se deshaga.
Pero hay veces que haces mucho ruido y das golpes con violencia.
Cuando eres silencioso no te escucho y dejo que lo hagas,
que poco a poco vayas deconstruyendo el muro.
Pero cuando haces ruido, me asusto y pongo ladrillos lo más rápido que pueda.
Echo kilos y kilos de cemento por encima para que el muro se haga aun más indestructible.
Tengo miedo de qué puede haber detrás del muro.
No sé si atravesarlo es la mejor decisión.
Quizás quedarme detrás del muro,
acurrucadita, en posición fetal,
es más seguro, más fácil.
Así no me haré daño, ni ningún rasguño.
Solo seguiré igual.
Todo seguirá igual.
Tal y como lo conozco.
En mi casa, en mi hogar.
III.- CORRER
Cojo carrerilla para correr.
Empiezo a correr.
Te veo a mi lado corriendo.
Miro el sol.
Está rojizo.
Sonrío.
Pero cuando vuelvo a mirar a mi lado,
ya no estás.
Me he distraído.
Me he tropezado con una piedra.
Estoy en el suelo.
Miro hacia arriba.
Veo el sol.
Está rojizo.
Me levanto.
Te vuelvo a ver.
Vuelvo a correr.
Pero cuando me distraigo,
ya no te veo.
He perdido el equilibrio.
Me he caído otra vez.
¿Soy yo que no veo bien?
¿Eres tú que te quedas atrás?
Estoy mirando muchas veces a los lados.
No lo puedo evitar.
“One more look and
will i forget everything?”
ooooh
“Mamma mia”,
aquí voy otra vez.
Corro hacia delante.
Miro el sol.
Está rojizo.
Sonrío.
IV.- EL JUEGO
Nunca te he gustado,
ni nunca me has gustado.
Siempre ha sido un juego.
Tu jugaste tus cartas.
Yo jugué las mías.
Los dos pretendíamos ser unos maestros del juego.
Pero ¿cuándo se acaba el juego?
¿Cuando uno de los dos consigue lo que quería?
¿O cuando cree haberlo conseguido?
Entonces, el juego se transforma.
Esta vez, no siempre, en algo deforme, feo, desagradable.
Las cartas se han roto.
Ya ninguno de los dos quiere jugar.
Ahora es cuestión de buscar otro jugador,
otro contrincante,
o quizás otro juego.
Pero en este tablero ya no hay más jugadas que hacer.
EL JUEGO HA TERMINADO.

Maddi Zamalloa Igoa
Maddi Zamalloa Igoa es originaria del País Vasco y actualmente reside en Barcelona. Desde pequeña, ha sentido una profunda atracción por el arte en sus múltiples formas: la música, el dibujo, el baile, entre otros.
A lo largo de su vida, Maddi se ha formado en música y ha dedicado mucho tiempo al dibujo y la pintura. En los últimos años, ha encontrado su lugar en el teatro, aunque sea detrás del escenario y entre los técnicos. Además, ha descubierto en la poesía un lenguaje que le ayuda a entender y expresar sus emociones.
Su objetivo para el futuro es encontrar un equilibrio entre todas estas disciplinas que le permita tener un trabajo y proyectos en los que pueda ser feliz y expresarse a través del arte.
