Todas callan. Escena 11
Ana Gutiérrez Gallego
Abrí la puerta de un golpe. Las paredes de piedra ahora me parecían desoladas, la decoración no me gustaba, era todo muy sombrío y el techo era demasiado bajo.
Entré como si tuviera prisa – no la tenía, solo deseaba no estar allí -, no quise ver muchos más detalles de la habitación, no quería recordar nada de ella. El suelo crujía bajo mis pies, cubierto de una fina capa de polvo. Me pareció oír el sonido de un ratón. Nunca había visto la habitación vacía.
Sacudí la cabeza una vez más para dejar la mente en blanco y empecé por agrupar sus lienzos en un rincón. Después, recogí todos sus manuscritos que aún no quise ojear. Los miraré en cuanto me sienta preparada, o nunca, quizás, sé que no le hubiera gustado.
Me dirigía hacia sus prendas sucias, hasta que la puerta se abrió sigilosamente acompañada de un sonido agudo. Era Katharina, la señora Meyer, mi rostro se tornó pálido, no me lo podía creer.
Asomó la cabeza tímidamente y con una triste expresión. Me asombró verla así, al final me había acostumbrado a observarla siempre enseñando sus dientes perlados.
- ¿Podríais permitirme entrar?
¿Y ahora qué respondo? ¿Debería? Me quedé petrificada, sentí como si un cúmulo de emociones se plantara en mi cuerpo. No había pasado mucho tiempo desde lo ocurrido y reconozco que no estaba preparada para verla. El ruido del silencio cada vez pasaba a ser más incómodo.
- No os quiero molestar.
No pude decir nada, solo agaché la cabeza y la dejé pasar. Poco a poco, mientras Katharina andaba por la sala, pude digerir mis sentimientos; la ira era la más posesiva pero la tristeza ganaba en mis palabras.
- Como ha cambiado todo.
- Sí, en un abrir y cerrar de ojos -respondí, luchando con el mareo que empezaba a invadirme. No quería mostrarme débil, pero mis fuerzas flaqueaban. Me dejé caer al suelo con las piernas cruzadas-.
No sabía si quería que se fuera o preguntarle por qué lo hizo. Finalmente la desesperación y la curiosidad pudo conmigo.
- ¿Por qué lo hicisteis?
Me armé de valor para soltar aquella pregunta, y durante unos segundos tuve miedo. Se me pasaron millones de escenarios posibles por mi cabeza y yo lo único que deseaba era que ella atinara en la locura que cometió. Por desgracia no sentí que fuera así.
- Lo siento mucho Triana. He venido a pediros disculpas.
Mis ojos empezaron a cristalizarse en lágrimas, y una ola de frustración invadió mi pecho. Sentía mi corazón latir con fuerza.
- Mi marido me engañó -respondió mientras se acomodaba a mi lado. Cuando se acercó pude ver cómo le sudaban las manos, nunca la había visto tan nerviosa-. Quise hablar con él sobre nuestro matrimonio pero él me hizo creer que Ágata era bruja y que me hechizó. Fui consciente deque lo único que ella hizo fue quitarme la ceguedad y soñar con la libertad que una mujer de nuestra condición raramente conoce. Pero no es tan sencillo, mi querida.
Al escuchar aquello último, sentí como mi cuerpo estaba muy cansado, exhausto de intentar arreglar todo aquello que me rodeaba.
- Muchas veces pienso que ojalá me hubiese embrujado, ojalá Ágata fuese bruja, pero no es cierto, mi marido me engañó, pero me aferro a él por supervivencia; Llamadlo cobardía si queréis, pero quemarla fue lo que me salvó de una existencia aún más desdichada – Veo cómo Katharina lentamente derrama lágrimas por sus ojos-. Lo siento mucho, me siento realmente mal, he sido egoísta, lo siento.
Quise mantenerme unos minutos callada, no me sentía preparada para dar una contestación y mucho menos vanal, creo que Katharina lo entendió quedándose en silencio junto a mí.
Pensé, en lo que diría mi hermana, y pude responder.
- La culpa no es vuestra, señora Meyer, es de vuestro marido. Quiso manteneros la venda sobre vuestros ojos. Vuestro marido le dijo que mi hermana era bruja y le hizo creer que estaba poseída. Déjeme deciros que de lo único que estaba poseída era de saber demasiado, y eso no beneficiaba a vuestro marido, por eso la engañó. Puedo llegar a comprender vuestra postura al respecto; quedarse en silencio y sumisa es mucho más sencillo que abandonar la lujuria. Quedarse soltera en estos tiempos es lo peor que puede sucederle a una mujer como vos.
- Me alegra que lo comprendáis. He de deciros que las veces que vine al taller con vuestra hermana eran muy reconfortantes. Me encantaría seguir viéndoos, mi querida Triana. No quiero olvidar a Ágata.
- No he terminado – repliqué-. La comprendo, pero no puedo compartir un mismo espacio con la mujer que echó a mi hermana a la hoguera. La entiendo, pero no comparto su forma de vivir y prefiero seguir el camino de mi hermana, la bruja.
Me levanté del suelo y le ofrecí la mano para que ella también se alzase. Sus manos seguían sudorosas, pero eso no me impidió sostenerlas un rato más. La miré a sus ojos azules y le quise transmitir todo mi afecto.
- Cuídese mucho, señora Meyer.
- Lo mismo os digo, querida Triana. Ya sabéis dónde encontrarme.
Dio algunos pasos para abrir la puerta, y se fue. Junto a su despedida, recordé cómo era el sonido de las llamas que condenó a mi hermana. Nunca podré olvidar aquello, ni a Katharina.
Ver a Katharina me permitió comprender que no todas las mujeres anhelan esa libertad de la que yo y mi hermana ansiamos. A veces, el miedo pesa más que enfrentar el miedo a perder la vida de la que nos ofrecen o la incertidumbre de nunca llegar a ser amada. Ser considerada bruja es, sin duda, un acto de rebeldía y a su vez peligroso, pero estoy decidida a seguir ese camino en honor a mi hermana.

Ana Gutiérrez Gallego
Ana Gutiérrez Gallego (Barcelona, 2000) estudió diseño y audiovisuales mientras, paralelamente, participaba en colectivos como ART-ES Medea o Onada Feminista.
En 2021 publicó su primer libro, El invernadero y otros poemas, que consta de dos partes: un guion teatral sobre la historia de Minerva y Diego, dos viejos amigos confinados por voluntad propia en su hogar, cuyos retorcidos motivos se van descubriendo a medida que avanza la historia; y una serie de poemas relacionados con la trama.
Por otro lado, ha participado en diversos recitales poéticos, además de exposiciones artísticas con piezas como La emperatriz, una obra que representa la famosa carta del tarot, donde la artista rinde homenaje al feminismo y a las mujeres poderosas.
Actualmente es fundadora y coordinadora de la agrupación ARDE, además de escritora. Este texto en particular pertenece a un capítulo de la novela que está escribiendo, titulada Todas callan, una obra que trata sobre las mujeres del siglo XVI, la amistad femenina y los tabúes sociales.
