La soledad, qué epidemia
Beatriz Chaves Vázquez
Hay paralelismos y similitudes interesantes entre mi abuela y yo: ambas nacimos en
años acabados en «8» (yo en 1998, y ella en 1938), ambas amamos leer poesía y ambas
nos sentimos solas. Mi abuela se siente sola porque ha visto cómo su movilidad y su
independencia se han ido reduciendo drásticamente en los últimos años y porque
muchas de sus amistades han ido falleciendo o se han visto acechadas, también, por
enfermedades, problemas de salud o circunstancias diversas… Por ende, pasa mucho
tiempo entre las cuatro paredes de su sala de estar, aliviada por la ocasional visita de
algún familiar o algún que otro paseo en silla de ruedas. Hace poco, me dejó leer su
diario, haciéndome así testigo de cómo se sentía de manera continuada: «otro día
aburrido, la vida pasa, el tiempo también… otro día más monótono y aburrido». Mi
abuela anhela tener un grupo de amigas de su edad, con las que verse e intentar pasar un
buen rato. Jugar al dominó, hablar, reírse un poco. Yo también.
Me pregunto si sabrá que yo deseo lo mismo, pese a tener 60 años menos y
(aparentemente) estar en el mejor momento de mi vida (soy joven y tengo el mundo a
mis pies, o eso me dicen quienes tienen unos años más que yo). Comparto sus ganas de
tener un grupo de amigas sólido, con el que verme a menudo y divertirme. Nunca lo he
tenido, siendo sincera: sí, tengo amigas, que me quieren mucho y estoy muy agradecida
de tenerlas… pero son pertenecientes a momentos o a circunstancias muy diferentes de
mi vida (adulta, principalmente), y la mayoría viven lejos de mí, posibilitando esto que
apenas nos veamos. Estoy más que acostumbrada a verlas solo por las Stories que suben
a Instagram o en las fotos de mi galería… y necesito casi que suceda un pequeño
milagro (en términos de horarios, obligaciones y planes) para poder verme con las que
aún me quedan aquí. Hay momentos en los que veo Sexo en Nueva York y envidio lo
que tienen Carrie, Samantha y demás… pero, sobre todo, envidio la facilidad con la que
se ven y comparten vivencias y diversión. Tengo incluso días en los que lo uso como un
método de escapismo improvisado, buscando distraerme de esta pena y esta oscuridad
que tanto me carcomen por dentro.
Me pasaba algo similar de pequeña, cuando veía los dibujos de MyScene y pensaba que
mi vida de adulta joven sería así, con amigas inseparables, fiestas y planes
emocionantes y guays. Crecí sin amigas y no encajaba, y me sentía tan sola que (a eso
de los 17 o así) me harté y me esforcé en cambiarlo, leyendo libros de autoayuda y
obligándome a acudir a situaciones sociales que implicasen conocer gente nueva…
como talleres, clases de baile o de idiomas o intercambios lingüísticos. Mis habilidades
sociales mejoraron y ahora me encanta conocer gente y hablar con los demás… pero el
susodicho sentimiento de vacío y soledad sigue ahí, arraigado en mi corazón como si
fuera un chicle pegado a una baldosa. Los años pasan, y te sigue faltando algo. Taylor
Swift hace referencia a esta realidad en su poema If You’re Anything Like Me,
mencionando que da igual los amigos que tengas a los 25: ninguno de ellos llenará los
asientos vacíos de las mesas en las que almorzaste sola en el pasado. Ni siquiera la
estrella musical del momento escapa de semejante aflicción.
Por suerte (o por desgracia), el sentirse solo parece estar generalizándose más y más:
hay muchos videoensayos en YouTube y TikToks que analizan esta problemática…
desde personas que lamentan lo solas que se sienten o las ganas que tienen de hacer
amigos (o, incluso, que reconocen lo mucho que les cuesta socializar y establecer
conversaciones), a contenidos audiovisuales en los que se profundizan en sus causas
(capitalismo, falta de espacios en los que conocer gente, ritmos de vida frenéticos que
no facilitan el ocio, obligaciones personales, problemas de salud físicos o psicológicos,
falta de recursos socioeconómicos, falta de individuos con los que encajar, sobre todo si
es neurodivergente o LGBT) y en cómo (quizás) atinar a aliviarla. Reddit es otra red
social en la que muchas personas vuelcan sus preocupaciones y pensamientos sobre esta
tema, con comunidades como r/lonely, r/AskReddit o r/socialskills en las que, al mismo
tiempo, se va tejiendo un sentimiento de pertenencia o de apoyo basándose en algo
común. Quizás es la búsqueda de esto último lo que ha hecho que muchas personas
utilicen X (anteriormente conocido como Twitter) para conocer gente con intereses y
aficiones como los suyos, a menudo difíciles de encontrar en la vida real… entre los
cuales me incluyo: es un patio de vecinos en el que puedo hablar de moda, arquitectura,
literatura o películas con otras personas de edades parecidas a las mías, conduciendo
con frecuencia a hacer planes en persona cuando coincidimos en el mismo espacio-
tiempo y produciéndose una divertida desvirtualización.
También se extiende esta realidad (es decir, la soledad y su imperante reinado) al mundo
de las relaciones sentimentales o amorosas: aplicaciones como Bumble o Tinder
partieron de la necesidad de querer conocer a alguien en una sociedad cada vez más
vertiginosa y conectada… e, irónicamente, desconectada… pues usarlas es exponerse
potencialmente al ghosting, o a dinámicas o narrativas en las que querer construir algo
genuino (mostrando interés y queriendo conocer a la otra persona de verdad) parece casi
imposible, inalcanzable.
Reflexionar sobre todo esto me ha llevado a darme cuenta de que no hay nada más
humano y visceral que la soledad: desde el niño de 7 años al que le cuesta encontrar con
quién jugar en el patio… pasando por una chica cualquiera de 14, en un pueblo remoto
y con TikTok como única ventana al mundo exterior… o la madre primeriza de 33 a la
que le cuesta conectar o quedar con otras «mamis»… o, el señor de 79 que (desde el
sofá de su salón) espera y espera sin saber bien qué.
Lo único que queremos es un poco de amor, y personas que nos vean, nos quieran y nos
celebren.
Tal y como dice Amaral en su canción de 2005 El universo sobre mí: «Ya he tenido
suficiente / Necesito a alguien que comprenda / Que estoy sola en medio de un montón
de gente / ¿Qué puedo hacer?».
¿Qué podemos hacer, entonces?

Beatriz Chaves Vázquez
Beatriz Chaves Vázquez (Oviedo, 1998) se graduó en Lenguas Modernas y sus Literaturas por la Universidad de Oviedo y, actualmente, trabaja como profesora de Francés en un centro educativo rural.
En 2020, Chaves publicó su primer libro (Hilos de voz, Ediciones Camelot), una recopilación de relatos cortos y poesía en español y en inglés. Asimismo, en 2023, fue galardonada con el XII Premio Literario de la Universidad de Oviedo (categoría de Relato Corto), conllevando este reconocimiento la publicación de su novela Al
otro lado del mostrador (Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo). En cuanto a la fotografía, ha resultado premiada en varias ocasiones, con motivo del
Concurso de Fotografía del Carné Joven de Asturias (2022) o recibiendo el Accésit del XX Concurso de Fotografía Sol Cultural (2022).
Por ende, se puede afirmar que sus dos grandes pasiones son la escritura y la fotografía, con las que disfruta descubriendo el mundo que le rodea y, sobre todo, desvelando quién es en realidad... a través de sus sueños, preocupaciones y sentimientos.
