Tirando de diccionario
Beatriz Chaves Vázquez
Necesito un vocablo que colgar de mi boca, al que aferrarme como si fuera mi tabla salvadora, mi última oración, el camino que me llevará a mi redención definitiva y final. Busco y rebusco en mi memoria, busco y rebusco en mi diccionario… Tiene cerca de diez mil términos, y ninguno parece acertar a definir con exactitud, y de manera verosímil, factible y creíble cómo me siento. Todos menos uno. «Ardor».
Ardor es lo único que sé que he sentido con certeza durante el extraño e inconexo amalgama de latidos de corazón, canciones de la radio, meses que vienen y se esfuman y estaciones que es mi vida, mi existencia hasta ahora. Ardor, en todo su espléndido, en todas las variantes de su colorido y rico abanico sentimental…
Ardor, suave y quizás amparado bajo mi perpetua sensación de emoción, es lo que sentía cuando empecé a conocerlo. Había «algo» que me empujaba a querer saber quién era, a descifrarle como si fuera una adivinanza… o un misterio. Detrás del verde de sus ojos, de sus «barreras» y de la frialdad que hacía de su personalidad un buen símil del más gélido de los inviernos se encontraba un hombre sensible, hecho de ternura y de rabia a partes iguales. Su alma era un témpano de hielo, pero el cariño y la suavidad de todos y cada de sus actos hacia mí ocultaban con delicadeza sus anhelos de querer sentirse entendido, de encontrar a alguien con quien prenderse en llamas.
Ardor es lo que sentía cuando me quitaba la ropa, lentamente. Como si tuviera todo el tiempo del mundo, poco a poco. Y ardor es lo que anidaba en mi corazón cuando se esmeraba en besarme la piel, en posar sus labios en cada centímetro del terciopelo que tengo a lo largo de mi cuerpo. O cuando sus dedos bajaban por mis vértebras, una a una, como si estas fueran las teclas del piano más majestuoso del mundo… como queriendo indagar a qué melodías o a qué sonidos llevarían.
Ardor, anclado a lo más profundo de mis entrañas, a lo más primitivo de mi ser, era lo que sentía cuando se fui, cuando le besé por última vez. Un ardor equiparable quizás al peor de los alcoholes, capaz de dejarme una resaca emocional de una intensidad imposible de cuantificar o medir. Le abracé por última vez y me esforcé en no llorar y en sonreír, sabiendo que no volvería a dormir entre sus brazos, que acabaría olvidando su olor o lo que le gustaba desayunar.
Ardor (y furia, y pena) fue también lo único a lo que pude recurrir para expresar mi dolor ante su ida, e ida fue a su vez como me quedé al dejarle atrás.

Beatriz Chaves Vázquez
Beatriz Chaves Vázquez (Oviedo, 1998) se graduó en Lenguas Modernas y sus Literaturas por la Universidad de Oviedo y ha sido profesora de Francés en un centro educativo rural.
En 2020, Chaves publicó su primer libro (Hilos de voz, Ediciones Camelot), una recopilación de relatos cortos y poesía en español y en inglés. Asimismo, en 2023, fue galardonada con el XII Premio Literario de la Universidad de Oviedo (categoría
de Relato Corto), conllevando este reconocimiento la publicación de su novela Al otro lado del mostrador (Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo). En cuanto a la fotografía, ha resultado premiada en varias ocasiones, con motivo del Concurso de Fotografía del Carné Joven de Asturias (2022) o recibiendo el Accésit del XX Concurso de Fotografía Sol Cultural (2022).
Chaves también está interesada en la moda, la arquitectura, el diseño gráfico y las artes visuales... y su pasión por estos campos la llevó a lanzar su propia revista digital, Beaming, en 2023, la cual crea completamente por sí misma. Le gusta
descubrir el mundo que la rodea y, sobre todo, revelar quién es realmente... a través de sus sueños, inquietudes y sentimientos.
